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Jana Ecuador

ESCUELA INTERNACIONAL DE ARTES ESCENICAS

JANA ECUADOR

¿Por qué las actividades extracurriculares son el laboratorio de la vida?

Dentro del horario semanal de nuestros hijos, ¿cómo catalogamos sus actividades extracurriculares? ¿son acaso una solución rápida para un uso productivo de su tiempo? ¿las analizamos de acuerdo con un plan estratégico respecto a las áreas que queremos potenciar? ¿tomamos en cuenta la opinión de nuestros hijos o las imponemos de acuerdo con nuestros juicios?

Como madre de una familia numerosa y ya con hijos adultos, es decir, ya tengo resultados comprobados con respecto a este tema, quisiera compartir con ustedes la importancia del uso del tiempo después del colegio y cómo estas horas se convierten en el espacio más fértil para el desarrollo personal.

Mientras que la escuela o colegio se centra en el «saber», las actividades extracurriculares se centran en el «ser». Son el escenario perfecto para equivocarse sin miedo, descubrir pasiones y construir una identidad propia más allá de las notas académicas.

Mi hija menor, de 15 años, me preguntaba luego de haber tenido la oportunidad de conocer los ambientes laborales de sus hermanos, cómo podíamos mi esposo y yo, estar seguros de que los habíamos educado bien.   Rápidamente contesté: por las virtudes.  Lo que resaltaba de los comentarios recibidos sobre cómo se desempeñaban en sus labores, resaltaban las virtudes.  Eso es lo que siempre quisimos inculcar y desarrollar en nuestros hijos.  Lo que un niño aprende en una clase de arte, en un equipo de debate o al practicar un deporte no es solo técnica; aprende virtudes que son hábitos, herramientas de supervivencia emocional y social.  Analicemos:

  • Resiliencia y frustración: aprender que un paso de baile no sale a la primera o que lograr un giro en gimnasia olímpica requiere esfuerzo y constancia, estamos hablando de fortaleza, paciencia, optimismo.
  • Pensamiento analítico: disciplinas como el ajedrez o la robótica enseñan a descomponer problemas grandes en piezas pequeñas, estamos hablando de prudencia.
  • Autoconfianza: no hay mayor impulso para la autoestima que notar el progreso propio en algo que antes parecía imposible. Ante esos momentos de fracasar y volver a empezar, hablamos de valentía y humildad.
  • Habilidades sociales: trabajar en equipo, respetar turnos y empatizar con el compañero son la base de cualquier futuro profesional exitoso.  Muy importante y donde desarrollamos la empatía, la generosidad, la justicia.

Es aquí donde JANA genera un verdadero valor diferencial ya que es un increíble laboratorio de Inteligencia Emocional (IE). Creo que ya no hay duda de que en un mundo cada vez más digital y distante, donde los niños y jóvenes a menudo tienen dificultades para identificar lo que sienten, las artes escénicas ofrecen un camino de regreso al autoconocimiento.  El descubrir que, para interpretar un personaje, primero hay que entenderse a uno mismo, nuestros alumnos aprenden a:

  • Identificar emociones: no se puede actuar la «tristeza» o la «euforia» si primero no se reconoce cómo se sienten esas emociones en el propio cuerpo.
  • Aceptar la vulnerabilidad: el escenario enseña que estar nervioso es natural y que mostrar emociones no es una debilidad, sino una herramienta de conexión.
  • Autorregulación: la adrenalina del escenario es la prueba de fuego para la gestión emocional, aprendiendo a transformar el miedo en energía. El «pánico escénico» se convierte, mediante la técnica y la práctica, en entusiasmo creativo.  Si algo sale mal durante una función, nuestros alumnos saben que deben respirar, mantener el control y seguir adelante.
  • Empatía: el teatro es la única disciplina donde la empatía es OBLIGATORIA. Un guion nos lleva a analizar el actuar de un personaje, sus sentimientos, sus emociones.  Esto se traslada a la vida real, permitiendo ser más comprensivo con sus compañeros, amigos y familia.
  • La sinergia del elenco: en Jana, nadie brilla solo. Se aprende a tener una escucha activa, escuchar al otro y saber esperar.  Al realizar un montaje, aprenden a negociar ideas, aceptar direcciones y colaborar bajo presión, habilidades que son la base de un liderazgo sano.

Podemos entonces concluir que cuando se vive la experiencia JANA no solo salen sabiendo cantar, bailar o actuar; salen con una «mochila emocional» llena de herramientas para enfrentar los retos de la vida con madurez, seguridad y una profunda comprensión de su mundo interior.

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